Jueves 23 de Febrero del 2017
INTERéS GENERAL / 19 MAY 2016

REGRESO A MALVINAS: EL ABRAZO DE UN PUEBLO

El horizonte mantiene una espesa bruma blanca que envuelve la tierra, el mar su azul, el viento su fuerza. Allí, sigue garuando finito desde cierta hora del día y corre una brisa húmeda que cala los huesos, que parte la piel. Es 2 de abril, y un puñado de hombres se abraza en círculo sobre el lecho de “los custodios de las Islas”, con lágrimas y sonrisas que acentúan las cicatrices de sus cincuenta y tanto…

Pasaron 34 años y el gobernador Sergio Uñacpuso fin a una deuda. Veinticinco veteranos de guerra sanjuaninos tuvieron la posibilidad de regresar a las Islas Malvinas, pero esta vez con la misión de rendir homenaje a los compañeros que dejaron su vida en estas tierras. Y no volvieron solos, ya que la delegación fue acompañada por el ministro de Gobierno, Emilio Baistrocchi; la secretaria de Relaciones Institucionales, Elena Peletier;la periodista, Mónica Martín; el productor Gustavo Muñoz; y el psiquiatra Sebastián Varea; quienes vivieron una experiencia única. Fue la primera delegación que estuvo un 2 de abril en las Islas.

En el imaginario argentino, pensar Malvinas es casi como pensar un dibujo pequeño en el mapa al sur del continente, o la guerra más injusta que pudo vivir nuestro país. Pero pisar Malvinas escuchando las historias de una veintena de veteranos de guerra, en cambio, es entender que hay mucho más detrás de la Gesta de 1982.

“Cuando uno comienza a interactuar con el grupo de veteranos y escucha sus historias, le empieza a cambiar la cabeza. Uno se encuentra con un paisaje muy bello en Malvinas, pero con un clima bastante hostil por el frío y el viento. Un pueblo también frío, porque en Malvinas las personas están en el trabajo o en la casa, y no las ves en la calle”. Como Emilio Baistrocchi, los demás acompañantes resaltaron el “plus” de viajar con quienes lucharon a fuego en las Islas. De hecho, el Ministro lo describió como “entrar en un túnel del tiempo que te remonta a 34 años atrás”.

Jorge Rivero formaba parte del departamento de logística en el momento del combate. Para él, volver a Malvinas fue un reencuentro con su juventud. “Fue experimentar un antes y un después de la Isla;regresar y poder observar desde otro punto de vista qué pasó allí, lo que en ese momento entre balas no pude ver”, resaltó.

Es que, culturalmente, Malvinas está muy lejos de parecerse a Argentina. El contraste al llegar fue notorio, sobre todo porque después de apenas dos horas de vuelo desde Punta Arenas, lo primero que encontró la delegación en el aeropuerto militar fueron grandes aviones de guerra. El pueblo de tan solo 3100 habitantes está siempre a punto militarmente, aunque ni Argentina ni Gran Bretaña tienen intenciones de promover algún conflicto armado.

“Nos enteramos que tienen un plataforma de mensajería instantánea que involucra a todos los isleños. Todos sabían que llegaba una delegación argentina, donde íbamos, donde nos hospedábamos”, contaba Elena Peletier, atenta a cada detalle. Además, resaltó que a pesar de que el trato de los isleños fue correcto, es diferente al que tienen con otras nacionalidades latinoamericanas (Perú, Ecuador, Chile).

“Sentí que estaba en suelo argentino. Se asemeja el clima, pero era muy diferente a encontrarse en nuestra cultura”, explicaba Jorge Chávez, Cabo Segundo que se encontraba en un buque petrolero durante el conflicto, en medio de emociones encontradas.

A pesar del trato distante, no existe el odio ni el rencor, sino un gran respeto mutuo. Además, como resaltó Rivero, “otro de los objetivos del viaje fue pedir perdón al pueblo de Malvinas” que sufrió los latigazos de la guerra, de un lado y del otro.

Sol, nubes, frío, sol de nuevo, granizo que se asemeja a pinchazos de aguja en el rostro, bruma, caminos de tundra que se hunden hasta la rodilla entre pastizales cortos, y viento que sopla desde todos los puntos cardinales las 24 horas. Así es un día en las Islas, y así fue en 1982. Como aseguró Jorge Corvalán, “a veces la gente no lo ve así, pero no fue fácil”.

“Yo no fui por la dictadura, fui porque era mi obligación como soldado defender mi Patria. Fui porque ese territorio era argentino y porque tenía moralmente que estar en ese lugar”, resaltó.

“No hay rencor porque además fuimos al cementerio de San Carlos donde están los soldados ingleses y rezamos por ellos también. Somos seres humanos que nos enfrentamos en una guerra, de su parte y nuestra tuvimos nuestros héroes”.

Durante la estadía en las Islas, los veteranos revivieron fuertes momentos de aquellos meses de guerra y lograron trasmitir esas emociones a sus acompañantes. Caminaron por donde entonces, sobre la tundra y sorprendidos por la dificultad del terreno.Encontraron los refugios que utilizaron, las trincheras todavía con campos minados, conocieron el cementerio de San Carlos donde reposan los ingleses caídos durante la guerra y encontraron restos que dan evidencia de las duras bajas que sufrió el batallón inglés. Allí también dejaron rosarios. Sin embargo, el momento más movilizador del viaje, fue la visita al Monte Tumbledown y al cementerio de Darwin, donde se encuentran los soldados argentinos caídos en Malvinas.

“Encontrás comida, borceguíes, latas de picadillo, camiones de guerra, restos de helicópteros, sumamente emotivo”, mencionaba Baistrocchi en su relato, sobre restos de la guerra que permanecen intactos como si el tiempo no hubiese pasado.

Lo mismo comentaba Peletier, mientras recordaba con minuciosidad el viaje: “Ver en los rostros de ellos la alegría y tristeza de volver a la Isla, y que se reencontraran con sus cosas. Verlos llorar nos hacía llorar a nosotros. Encontraban sus ponchos, las trincheras, botellas, borceguíes, hay cosas que no se tocaron. Están allí, los isleños las respetan”.

El abrazo a los custodios de las Islas

El 2 de abril, en el cementerio Darwin, quedaron momentos que ningún integrante de la delegación olvidará. El día fue el más frío, “como el día de la toma”. Fueron más de 5 horas de reflexión, de anécdotas, recuerdos y, también, espacios de profunda soledad en los que cada veterano tuvo su catarsis, esa oportunidad de soltar infinitas emociones reservadas por décadas.

“Recorrí el cementerio de Darwin y en cada tumba...



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